El frío de las bóvedas inferiores de la Ciudadela de Hierro no era como el frío de la superficie. Allá arriba, el viento de la montaña mordía la piel, pero aquí abajo, el aire era denso, estancado y cargado con el olor a pergamino viejo, cera derretida y algo más... un rastro metálico que el olfato híbrido de Astraea identificaba como magia antigua. Cada paso que daba sobre las baldosas de piedra desgastada resonaba en la oscuridad, un eco rítmico que parecía advertir a las sombras de su llegad