El día cuarto se arrastró sobre las torres de la Ciudadela de Hierro con una parsimonia cruel. El cielo, teñido de un gris plomizo, parecía descender sobre los hombros de Astraea como una losa de piedra. Ella permanecía inmóvil frente al gran ventanal de sus aposentos, observando cómo la escarcha devoraba los cristales en patrones fractales. Para cualquier ojo humano, ella era la imagen de la melancolía noble: una joven de cabellera plateada y piel traslúcida, envuelta en pesados terciopelos ne