El día segundo se instaló sobre la Ciudadela de Hierro con una atmósfera de una pesadez casi física, como si el aire mismo se hubiera transformado en mercurio. Astraea despertó antes de que la primera luz del alba, filtrada por un cielo cargado de presagios, tocara los muros de piedra negra. Permaneció inmóvil en su lecho, escuchando. No escuchaba los sonidos habituales del despertar del castillo; escuchaba la vibración de las arterias del mundo. Podía sentir el flujo de la savia en los árboles