El día seis se manifestó con una bruma tan espesa que los centinelas en las torres de la Ciudadela de Hierro apenas podían verse las manos. Para Astraea, sin embargo, la niebla no era un obstáculo; era un refugio. Sus ojos amatista, ahora dotados de una visión térmica que le permitía distinguir el calor de los cuerpos a través de la piedra y el vapor, encontraban en la penumbra una claridad que el sol le robaba. Se sentía como un arco cuya cuerda había sido tensada hasta el límite absoluto de l