Capitulo 68

El día ocho comenzó con una quietud que solo puede compararse con el ojo de un huracán. La Ciudadela de Hierro, una construcción de piedra negra y picos afilados que desafiaba al cielo, parecía contener la respiración. Astraea se encontraba en su balcón privado, observando cómo la escarcha de la mañana se aferraba a las gárgolas de granito. El frío, que antes la hacía temblar y buscar el calor de una chimenea, ahora le resultaba extrañamente acogedor. Era como si su temperatura interna hubiera
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