El día diez amaneció con un sol pálido que se rendía ante un banco de niebla grisácea, una bendición para los ojos de Astraea que ahora encontraban la claridad meridiana como un asalto físico. A solo diez días del eclipse y de su decimoctavo cumpleaños, la atmósfera en la Ciudadela de Hierro era tan densa que se podía sentir en la boca, con sabor a hierro y a nieve vieja. Astraea se movía por los pasillos con una quietud que empezaba a inquietar a la servidumbre; no era la fragilidad de una ome