El día catorce amaneció bajo un manto de nubes espesas que, para alivio de Astraea, bloqueaban la agresividad del sol. Sin embargo, la calma atmosférica era inversamente proporcional a la tormenta que se gestaba bajo su piel. Sus sentidos ya no se limitaban a observar; estaban empezando a invadir el espacio ajeno. El latido rítmico en su espalda se había convertido en una presencia constante, un motor sordo que enviaba oleadas de calor hacia sus extremidades, recordándole que el tiempo de la cr