El día dieciséis se presentó con un frío seco que calaba hasta los huesos de los guardias en las murallas, pero para Astraea, el clima era una distracción secundaria. Su verdadera batalla era interna. La proximidad del día setenta y uno estaba provocando que su biología híbrida entrara en una fase de "hambre de estabilización". No era simplemente hambre de alimento, sino una necesidad celular de equilibrar la ferocidad de su parte de loba, que aullaba por el vínculo inminente, con la frialdad de su parte de vampiro, que buscaba el silencio y la oscuridad para terminar de fortalecer su estructura ósea.
Astraea se encontraba en el estudio privado de Valerius, un lugar que se había convertido en su refugio seguro. Las paredes estaban cubiertas de mapas y estanterías repletas de tomos sobre la historia de las razas, pero para ella, el estudio era simplemente el lugar donde el aroma del Rey —una mezcla de cuero, nieve y una fuerza ancestral— lograba aplacar los latidos frenéticos de su pro