El día doce se deslizó sobre la Ciudadela con una frialdad cortante. Para Astraea, el mundo se había transformado en un tapiz de vibraciones y susurros. Ya no era solo que escuchara más; era que comprendía la frecuencia de la traición. Su cuerpo, aunque exteriormente conservaba la elegancia grácil de una joven noble, se sentía como una espada de acero templado envuelta en seda. Sus huesos, densos y pesados, le daban una estabilidad que hacía que cada uno de sus pasos fuera deliberado, casi regi