El día veintiocho amaneció envuelto en una neblina densa, una de esas mañanas donde el mundo parece carecer de bordes definidos. Para Astraea, sin embargo, la bruma no era un obstáculo, sino un lienzo. Sus ojos atravesaban la opacidad con una nitidez quirúrgica, captando la condensación de la humedad en las telas de araña y el calor residual de los guardias que patrullaban las murallas. Ya no sentía la necesidad de frotarse los ojos ante la luz; su cuerpo había comenzado a aceptar que su percep