El día veintiséis amaneció con un cielo de color plomo, una cúpula opresiva que parecía descender sobre las torres de la Ciudadela de Hierro. La temperatura había caído drásticamente, pero Astraea, de pie en el centro del patio de entrenamiento, vestía apenas una túnica ligera de cuero. El frío no la alcanzaba; al contrario, sentía que su sangre circulaba con una intensidad que generaba un vapor tenue alrededor de su piel.
Sus sentidos estaban en un estado de alerta perpetua. Podía oír el roce