El día veintiséis amaneció con un cielo de color plomo, una cúpula opresiva que parecía descender sobre las torres de la Ciudadela de Hierro. La temperatura había caído drásticamente, pero Astraea, de pie en el centro del patio de entrenamiento, vestía apenas una túnica ligera de cuero. El frío no la alcanzaba; al contrario, sentía que su sangre circulaba con una intensidad que generaba un vapor tenue alrededor de su piel.
Sus sentidos estaban en un estado de alerta perpetua. Podía oír el roce de las capas de los guardias en las almenas y el crujir del hielo formándose en las gárgolas de piedra. Pero sobre todo, oía el murmullo del acero.
Mikhail la observaba desde el borde del círculo de combate. A sus pies, un fardo de lona contenía una colección de armas que habían sido recuperadas de la armería privada del Rey. No eran espadas pesadas de caballero, sino dagas de doble filo, equilibradas con precisión quirúrgica, y un par de hojas curvas conocidas como colmillos de sombra.
—Si vas