El día treinta comenzó con una farsa meticulosamente orquestada. Mientras el sol de invierno intentaba, sin éxito, calentar las piedras negras de la Ciudadela, el palacio entero bullía con el rumor de que el Rey Valerius estaba agonizando. Los pasillos, usualmente vibrantes con el paso firme de los guerreros, ahora estaban sumidos en un silencio sepulcral, interrumpido solo por los susurros de los sirvientes y las miradas calculadoras de los miembros del Consejo.
Astraea permanecía en el centro de esta tormenta silenciosa. Ya no era la joven asustada que llegó meses atrás. La sangre de Valerius todavía parecía cantar en sus venas, otorgándole una vitalidad que contrastaba violentamente con la palidez que fingía ante los extraños.
Dentro de las habitaciones reales, el ambiente era muy distinto a lo que el Consejo imaginaba. Valerius, aunque lucía pálido debido a un maquillaje de ceniza y extracto de hierbas, se movía con una agilidad recobrada. Su herida de flecha, gracias a la interve