Capitulo 50

El despertar en la Ciudadela de Hierro no traía consigo el canto de las aves, sino el eco metálico de los entrenamientos matutinos y el tañido de las campanas de bronce que marcaban el cambio de guardia. Astraea permanecía en la penumbra de sus aposentos, observando cómo las motas de polvo bailaban en el aire. Para cualquier otro, el polvo sería apenas visible, pero para ella, cada partícula tenía una trayectoria clara, un peso y una forma. Sus ojos, ahora adaptados a la falta de luz, analizaban las vetas de la piedra de las paredes como si fueran mapas detallados de una geografía antigua.

El día cuarenta y cuatro comenzó con una sensación de opresión en el pecho que no tenía nada que ver con la ansiedad. Era su piel. Astraea sentía que sus vestidos, incluso los de seda más fina que Valerius le había proporcionado, eran demasiado rugosos, demasiado pesados. Se miró en el espejo de cuerpo entero y notó que su palidez había adquirido un matiz casi iridiscente, como si bajo la dermis cir
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