El despertar en la Ciudadela de Hierro no traía consigo el canto de las aves, sino el eco metálico de los entrenamientos matutinos y el tañido de las campanas de bronce que marcaban el cambio de guardia. Astraea permanecía en la penumbra de sus aposentos, observando cómo las motas de polvo bailaban en el aire. Para cualquier otro, el polvo sería apenas visible, pero para ella, cada partícula tenía una trayectoria clara, un peso y una forma. Sus ojos, ahora adaptados a la falta de luz, analizaba