Capitulo 49

El horizonte del sur se abría ante ellos no como un refugio, sino como una promesa de nuevos conflictos. El aire en los valles Lycan era más denso, cargado con el olor a tierra mojada y magia antigua, una atmósfera que a Astraea le resultaba extrañamente embriagadora. El carruaje real continuaba su avance hacia la Ciudadela de Hierro, la capital del reino de Valerius, un lugar que ella solo conocía por los susurros de terror que circulaban en las cocinas de la Luna Plateada.

Astraea pasaba las horas observando el movimiento de las nubes. Notaba que su percepción del tiempo seguía distorsionándose; podía contar las alas de un halcón batiendo a lo lejos como si el pájaro estuviera suspendido en el aire. Sus bultos en la espalda, ocultos bajo las capas de piel, habían dejado de doler para convertirse en un centro de gravedad propio, una fuente de calor que la mantenía despierta cuando el resto del mundo dormía.

A media mañana del día cuarenta y seis, la comitiva real fue interceptada. No
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