Capítulo 162: El Trono de los Ecos
La voz infantil que brotaba del espejo cortó el aire como una cuchilla de hielo, silenciando incluso el aullido del viento en el limbo violeta. Astraea sintió que sus extremidades ya no le pertenecían; sus dedos de cristal oscuro se extendían hacia el cuello de Valerius con una voluntad ajena, una depredación mecánica que ignoraba el dolor que brotaba de la marca de su esposo. El sacrificio de su luz no la había vuelto humana; había dejado un espacio vacío, un