El día cuarenta y dos se filtró por las rendijas de la Ciudadela de Hierro con una luz pálida y anémica, insuficiente para calentar los muros de piedra pero lo bastante agresiva como para que Astraea se cubriera el rostro con las sábanas de seda. La sensación de ser una extraña en su propia piel había dejado de ser una sospecha para convertirse en una realidad física y punzante. Cada mañana, el mundo le resultaba un poco más ruidoso, un poco más brillante y mucho más hambriento.
Astraea intentó