El día cuarenta y dos se filtró por las rendijas de la Ciudadela de Hierro con una luz pálida y anémica, insuficiente para calentar los muros de piedra pero lo bastante agresiva como para que Astraea se cubriera el rostro con las sábanas de seda. La sensación de ser una extraña en su propia piel había dejado de ser una sospecha para convertirse en una realidad física y punzante. Cada mañana, el mundo le resultaba un poco más ruidoso, un poco más brillante y mucho más hambriento.
Astraea intentó levantarse de la cama, pero sus piernas fallaron. No fue un tropiezo común; fue una falta absoluta de conexión entre su voluntad y sus músculos. Su cuerpo se sentía como una cáscara vacía, una armadura de mármol sin núcleo. El tónico de sangre de ciervo que Valerius le suministraba ya no era una ayuda, se había convertido en un paliativo insuficiente. Su garganta estaba tan seca que sentía que el aire mismo la quemaba al pasar.
—¿Astraea? —la voz de Valerius llegó desde el otro lado de la puert