El amanecer del día cincuenta y cuatro se filtró por las estrechas saeteras de la torre alta como una luz anémica, desprovista de calor. La tormenta "La Mortaja" había cesado de golpe, dejando tras de sí un mundo sepultado bajo un silencio antinatural. Astraea permanecía sentada en el centro de la habitación, con la piedra lunar apretada contra su pecho. La joya ya no brillaba con la intensidad de la noche anterior; ahora emitía un pulso suave y constante, como el latido de un corazón en reposo.
Astraea se levantó, sintiendo que sus articulaciones se movían con una fluidez que desafiaba las horas que había pasado sobre el suelo helado. Se acercó a la saetera y miró hacia el patio. A pesar de la distancia y de los muros de piedra, podía oír el crujido de la nieve bajo las botas de los guardias y el tintineo del metal en las cocinas. Su mundo se había vuelto una red de vibraciones y sonidos, una sinfonía de datos que su cerebro procesaba sin esfuerzo.
El estruendo de los cerrojos al des