El amanecer del día cincuenta y cuatro se filtró por las estrechas saeteras de la torre alta como una luz anémica, desprovista de calor. La tormenta "La Mortaja" había cesado de golpe, dejando tras de sí un mundo sepultado bajo un silencio antinatural. Astraea permanecía sentada en el centro de la habitación, con la piedra lunar apretada contra su pecho. La joya ya no brillaba con la intensidad de la noche anterior; ahora emitía un pulso suave y constante, como el latido de un corazón en reposo