El avance por las Tierras del Olvido se sentía como caminar a través de un sueño febril. El cielo, de un tono ceniza perpetuo, parecía haber descendido unos metros, oprimiendo los pechos de los viajeros. La comitiva real avanzaba ahora en formación cerrada; el incidente de las estacas negras había dejado claro que la cortesía diplomática era una máscara que se estaba agrietando.
Astraea permanecía en el carruaje, pero ya no miraba hacia afuera. Se concentraba en el interior de su propio ser, do