El avance por las Tierras del Olvido se sentía como caminar a través de un sueño febril. El cielo, de un tono ceniza perpetuo, parecía haber descendido unos metros, oprimiendo los pechos de los viajeros. La comitiva real avanzaba ahora en formación cerrada; el incidente de las estacas negras había dejado claro que la cortesía diplomática era una máscara que se estaba agrietando.
Astraea permanecía en el carruaje, pero ya no miraba hacia afuera. Se concentraba en el interior de su propio ser, donde el caos comenzaba a ordenarse.
El destacamento llegó al Fuerte de Hierro al atardecer del día sesenta y cuatro. Este era el último puesto de avanzada bajo jurisdicción directa de Valerius antes de que el camino se hundiera en el Valle de los Lamentos, la tierra de nadie que servía de frontera con la Luna Plateada. El fuerte era una estructura bruta, tallada en la roca viva, diseñada para resistir asedios, no para albergar damas o reyes.
Valerius ayudó a Astraea a bajar. Sus manos, envueltas