El descenso del Paso del Dragón dejó atrás los riscos afilados para dar paso a las Tierras del Olvido, una llanura de brezo gris y ceniza donde el viento no soplaba, sino que suspiraba. Era un territorio de nadie, una zona de amortiguación donde la autoridad del Rey comenzaba a deshilacharse como un tapiz viejo y la influencia de las manadas del norte se sentía como una presión física en las sienes.
El carruaje avanzaba ahora con una lentitud exasperante. Las ruedas se hundían en el suelo blando y gris, y el silencio de la llanura era tan absoluto que el crujido de la madera sonaba como disparos en la quietud de la tarde. Valerius no había vuelto a subir al carruaje desde la emboscada; cabalgaba al frente, con los hombros tensos y la mano siempre cerca de la empuñadura de su espada. Su lobo estaba en la superficie, alerta, olfateando el aire en busca de más que solo enemigos: buscaba respuestas.
Astraea observaba el paisaje a través de la ventanilla. Ya no sentía el mareo de las altur