El día setenta amaneció con un silencio sepulcral en el Palacio de las Sombras. Según el decreto del Consejo y el acuerdo con el Alpha Thomas, este era el último día de estancia "estática" de Astraea en la capital. A partir de mañana, la comitiva real iniciaría el lento y tortuoso viaje de regreso hacia la frontera del norte. El destino estaba sellado en pergamino y lacre, y ni siquiera el poder del Rey Lycan podía borrar las firmas de los trece consejeros que exigían el cumplimiento del Tratado de Sangre.
Astraea permaneció en su habitación, observando cómo las doncellas, bajo la estricta mirada de Lady Elara, guardaban sus pertenencias en baúles de madera reforzada. Los vestidos de seda, los libros de derecho real, las túnicas bordadas... todo lo que representaba su breve sueño de dignidad estaba siendo empaquetado, recordándole que ella solo era una inquilina en el paraíso.
La tarde caía sobre la ciudad, tiñendo el mármol de un naranja sangriento, cuando Valerius mandó buscarla. Es