El día setenta y dos amaneció con una calma engañosa. Draconis estaba envuelta en una bruma espesa que subía desde el río, ocultando las bases de las murallas y haciendo que el Palacio de las Sombras pareciera flotar sobre un mar de nubes grises. Astraea se encontraba en la sala de armas privada de Valerius. El Rey había ordenado que ese día no hubiera distracciones políticas ni lecciones de etiqueta. Solo estaban ellos dos, el sonido de sus respiraciones y el brillo del acero.
Astraea sostenía el cuchillo de acero valyrio. Su peso ya no le resultaba extraño; se sentía como una extensión de su propia mano. Valerius la observaba desde el rincón, con los brazos cruzados, analizando cada uno de sus movimientos.
—Tu postura ha mejorado, pero tu mente sigue en el norte —dijo Valerius, su voz resonando en las paredes de piedra—. Estás luchando contra el recuerdo de lo que te hicieron, no contra lo que tienes delante. Si quieres sobrevivir a Kaelen y Killian, debes dejar de verlos como tus a