El día setenta y dos amaneció con una calma engañosa. Draconis estaba envuelta en una bruma espesa que subía desde el río, ocultando las bases de las murallas y haciendo que el Palacio de las Sombras pareciera flotar sobre un mar de nubes grises. Astraea se encontraba en la sala de armas privada de Valerius. El Rey había ordenado que ese día no hubiera distracciones políticas ni lecciones de etiqueta. Solo estaban ellos dos, el sonido de sus respiraciones y el brillo del acero.
Astraea sostenía