El día setenta y uno amaneció con un frío que se filtraba incluso a través de los muros reforzados del Palacio de las Sombras. Draconis, usualmente vibrante, parecía contener el aliento. En los pasillos se hablaba en susurros sobre la resolución del Consejo; la noticia de que la protegida del Rey debía regresar al norte se había extendido como una mancha de aceite sobre el agua, alimentando las burlas de los nobles que siempre la consideraron una intrusa.
Astraea no salió de su habitación hasta