Capitulo 25

El día setenta y uno amaneció con un frío que se filtraba incluso a través de los muros reforzados del Palacio de las Sombras. Draconis, usualmente vibrante, parecía contener el aliento. En los pasillos se hablaba en susurros sobre la resolución del Consejo; la noticia de que la protegida del Rey debía regresar al norte se había extendido como una mancha de aceite sobre el agua, alimentando las burlas de los nobles que siempre la consideraron una intrusa.

Astraea no salió de su habitación hasta que el sol estuvo en su cenit. Se sentía pesada, como si la gravedad de la capital hubiera aumentado solo para ella. Cada paso hacia el salón de visitas era un recordatorio de que su tiempo de paz era una ilusión que se desvanecía.

La antecámara estaba en penumbra, iluminada solo por un par de antorchas que proyectaban sombras alargadas sobre los tapices de caza. Silas ya estaba allí, recostado contra una mesa de mármol con una indolencia que rayaba en el insulto. A diferencia de las visitas an
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