El amanecer del día setenta y tres no trajo consuelo. Astraea se despertó mucho antes de que el primer rayo de sol lograra escalar las murallas de obsidiana de Draconis. El silencio en sus aposentos era tan denso que podía escuchar el aceite de las lámparas de pared consumiéndose gota a gota. Se quedó inmóvil en la cama, mirando el dosel de seda, sintiendo el peso de los mil kilómetros que la separaban del fango del norte y, al mismo tiempo, la aterradora cercanía de su regreso.
Ese día, Valeri