El amanecer del día setenta y tres no trajo consuelo. Astraea se despertó mucho antes de que el primer rayo de sol lograra escalar las murallas de obsidiana de Draconis. El silencio en sus aposentos era tan denso que podía escuchar el aceite de las lámparas de pared consumiéndose gota a gota. Se quedó inmóvil en la cama, mirando el dosel de seda, sintiendo el peso de los mil kilómetros que la separaban del fango del norte y, al mismo tiempo, la aterradora cercanía de su regreso.
Ese día, Valerius no desayunaría con ella. El Rey estaba en el ala este, en la Cámara de los Juicios, enfrentándose a los trece ancianos del Consejo Supremo. La audiencia técnica decidiría los términos exactos de su "custodia transitoria". Para la corte, Astraea era un expediente, un conjunto de leyes y tratados de sangre; para ella misma, era una mujer cuya piel empezaba a sentirse como una armadura que no sabía cómo usar.
Se levantó y caminó hacia el espejo de cuerpo entero. Cada mañana, este ritual se volví