El silencio del ala oeste del palacio era diferente al del norte; no era el silencio de la naturaleza, sino el de los secretos enterrados. Astraea pasó la mañana en la biblioteca real, bajo la supervisión de Lady Elara. Los libros frente a ella hablaban de genealogía y linajes, pero sus dedos solo acariciaban los bordes gastados del papel mientras su mente regresaba a la sensación de los dedos de Valerius en su espalda.
El picor en sus omóplatos había disminuido a un latido sordo, una presencia constante que parecía alimentarse de su propio nerviosismo.
—Concéntrese, Astraea —dijo Lady Elara con voz seca, sin levantar la vista de su bordado—. Si no entiende la estructura del Consejo Supremo, no entenderá por qué el Rey no puede simplemente rasgar el Tratado de Sangre por usted.
—Lo entiendo, milady —susurró Astraea—. Entiendo que soy una moneda de cambio en un juego de leyes que se escribieron antes de que yo naciera.
—No es una moneda, es un precedente —corrigió la mujer—. Si el Rey