El silencio del ala oeste del palacio era diferente al del norte; no era el silencio de la naturaleza, sino el de los secretos enterrados. Astraea pasó la mañana en la biblioteca real, bajo la supervisión de Lady Elara. Los libros frente a ella hablaban de genealogía y linajes, pero sus dedos solo acariciaban los bordes gastados del papel mientras su mente regresaba a la sensación de los dedos de Valerius en su espalda.
El picor en sus omóplatos había disminuido a un latido sordo, una presencia