El traqueteo del carruaje era lo único que llenaba el silencio entre las paredes de seda y cuero del vehículo. Astraea miraba por la ventana, viendo cómo el paisaje cambiaba de los densos y oscuros bosques de la Manada de la Luna Plateada a praderas más abiertas, salpicadas de castillos antiguos y puestos de guardia con el estandarte del Rey.
Aunque físicamente estaba cómoda, su mente era un campo de batalla. Se tocó la nuca por encima del cuello del vestido. La marca seguía allí, silenciosa, pero ella sentía que palpitaba cada vez que el Rey Valerius acercaba su caballo a la ventana para comprobar que todo estuviera bien.
—¿Te sientes mareada? —La voz de Valerius llegó desde el exterior. El Rey cabalgaba a su lado, su perfil recortado contra el cielo gris de la tarde. No llevaba corona, pero su sola postura en la silla de montar emanaba una autoridad que hacía que los campesinos se arrodillaran a los lados del camino.
—No, Majestad. Solo... estoy pensando —respondió ella, tratando de