CEstaba sentada en el porche de la cabaña, con las piernas colgando.
La noche estaba en silencio. Los grillos cantaban. La luna iluminaba las copas de los árboles.
Pero en mi cabeza, había ruido.
Cerré los ojos y extendí mis sentidos. No necesitaba ver para saber lo que estaba pasando en la mansión. Había dejado una parte de mí allí. Una baliza de feromonas envuelta en encaje negro.
Esperé.
Tic, tac.
Entonces, sucedió.
Fue como sentir un tirón brusco en una caña de pescar.
El anzuelo se había c