CEstaba sentada en el porche de la cabaña, con las piernas colgando.
La noche estaba en silencio. Los grillos cantaban. La luna iluminaba las copas de los árboles.
Pero en mi cabeza, había ruido.
Cerré los ojos y extendí mis sentidos. No necesitaba ver para saber lo que estaba pasando en la mansión. Había dejado una parte de mí allí. Una baliza de feromonas envuelta en encaje negro.
Esperé.
Tic, tac.
Entonces, sucedió.
Fue como sentir un tirón brusco en una caña de pescar.
El anzuelo se había clavado.
A dos kilómetros de distancia, en su habitación, Damián acababa de entrar.
Pude sentir su cansancio a través del eco del vínculo roto. Su frustración. Se quitó la camisa, tirándola al suelo. Se acercó a la cama, buscando descanso.
Y entonces, el olor lo golpeó.
Mi cuerpo se estremeció en el porche, reaccionando a su reacción.
Pude sentir su confusión inicial. ¿Qué es eso? ¿Por qué huele a... ella?
Levantó la almohada.
Sonreí en la oscuridad.
Lo vi en mi mente, no con imágenes, sino con s