Mateo salió del baño temblando.
Su piel estaba pálida por el agua helada. Sus labios, ligeramente azules. Gotas de agua caían de su cabello rubio, mojando el suelo de madera.
Me miró con ojos de perro apaleado.
—¿Ya estoy limpio? —preguntó en un susurro.
Me acerqué a él. Lo olí despacio, recorriendo su cuello con mi nariz.
Olía a jabón barato y a frío. El rastro de Damián se había ido, pero mi furia no.
—El olor se ha ido —admití, retrocediendo—. Pero la ofensa sigue ahí.
Mateo bajó la cabeza.