La capucha negra me cubría casi toda la cara. Solo dejaba ver mis labios y la barbilla.
Me movía entre las sombras de los árboles, silenciosa como un espectro.
A mi lado, Mateo caminaba tenso. Sus ojos escaneaban cada arbusto, cada movimiento de hoja. Ya no caminaba como un príncipe. Caminaba como un escolta. Como un perro guardián listo para despedazar a cualquiera que me mirara mal.
—La patrulla del norte acaba de pasar —susurró, pegándose a mi espalda—. Tenemos cinco minutos antes de que vue