La capucha negra me cubría casi toda la cara. Solo dejaba ver mis labios y la barbilla.
Me movía entre las sombras de los árboles, silenciosa como un espectro.
A mi lado, Mateo caminaba tenso. Sus ojos escaneaban cada arbusto, cada movimiento de hoja. Ya no caminaba como un príncipe. Caminaba como un escolta. Como un perro guardián listo para despedazar a cualquiera que me mirara mal.
—La patrulla del norte acaba de pasar —susurró, pegándose a mi espalda—. Tenemos cinco minutos antes de que vuelva la siguiente.
—Suficiente —dije.
Avanzamos hacia el límite de la zona residencial del pack.
Las luces de las casas estaban encendidas. Se oía música a lo lejos. Risas.
Me detuve en seco detrás de un seto alto.
Allí estaban.
Sentadas en el porche de una casa color crema, bebiendo cerveza. Lydia y Sara. Las dos perras que me habían tirado barro el día antes de mi rechazo. Las que se habían reído cuando Damián me llamó "bola de grasa".
Se reían a carcajadas. Lydia se estaba pintando las uñas. S