Había pasado solo una semana desde el juicio.
Siete días.
Pero en la cuna de ébano, no había recién nacidos.
Luna y Kael se sentaban solos. Sus cuerpos habían crecido a una velocidad aterradora, alimentados por la magia ambiental del palacio y mi propia leche.
Parecían bebés de seis meses. Fuertes. Alertas.
Luna jugaba con un rayo de sol que había atrapado entre sus manos, riendo.
Kael no jugaba.
Kael observaba.
Estaba sentada en la alfombra, agotada, vigilándolos.
De repente, un gato del palac