La Diosa Selene caminó hacia mí.
No dejaba huellas en el cristal. Su armadura de luz no hacía ruido.
Se detuvo a un metro.
Y por primera vez, vi su cara.
Me quedé helada.
Era mi cara.
Pero no era yo. Era una versión "corregida" de mí.
Tenía mis ojos, pero sin las arrugas de reír o llorar. Tenía mi boca, pero sin la mancha de sangre o vino. Tenía mi cuerpo, pero su piel era lisa, sin poros, sin estrías, sin cicatrices de parto.
Era una muñeca de porcelana perfecta. Fría. Muerta.
—Te pareces a mí