La doncella espía había sido retirada a rastras, dejando un rastro de sangre en la alfombra persa.
Mis hombres estaban tensos. Rafael patrullaba el balcón. Damián limpiaba la sangre del suelo con una toalla, obsesivo.
—Salid —ordené.
Mateo me miró, preocupado.
—¿Por qué? No es seguro.
—Porque el Rey está aquí —dije, mirando hacia la puerta principal de la suite.
No habían llamado. Pero podía olerlo. Ozono. Hielo. Y una arrogancia que atravesaba las paredes.
—No te dejaremos sola con él —gruñó R