El cráter de cristal donde había estado mi castillo brillaba bajo la luz de la luna roja.
Pero el silencio duró poco.
Las nubes se abrieron.
No bajó lluvia. Bajaron plumas.
Plumas blancas, inmaculadas, afiladas como cuchillas de afeitar.
—¡Arriba! —gritó Magnus, levantando su espada rota—. ¡La caballería divina ha llegado!
Descendieron en picado.
Cientos de ellos.
Ángeles Lunares.
No eran los querubines de los cuadros humanos. Eran guerreros de dos metros y medio. Piel de mármol. Sin género. Si