La cena llegó en bandejas de plata, traída por sirvientas silenciosas que no levantaban la vista del suelo.
Faisán asado. Frutas exóticas. Y una jarra de vino especiado que olía delicioso.
—Por fin —dije, sentándome a la mesa—. Alimentar a estos dos monstruos me deja seca.
Me serví una copa de vino. El líquido rojo brilló a la luz de las velas.
Me la llevé a los labios.
—¡Espera!
Víctor me golpeó la mano.
La copa salió volando y se estrelló contra la pared. El vino salpicó el tapiz blanco, sise