Perfecto.
Caminé hacia el arroyo que cruzaba la frontera norte. Sabía que el viento soplaba hacia la mansión. Era una cuestión de física simple. Y de biología.
Me detuve en la orilla. El agua corría clara y fría sobre las piedras.
"Viene en camino", susurró la Voz en mi cabeza. "Siente el anzuelo en la boca".
—Lo sé —murmuré, desabrochando el botón de los vaqueros robados de Sara—. Corre como un perro detrás de un hueso.
Hace dos días, si hubiera tenido que bañarme aquí, habría buscado el rincón más oscuro. Me habría dejado la ropa interior puesta. Me habría encogido de hombros para ocultar mis pechos y habría metido la barriga hasta quedarme sin aire.
La vieja Valeria pedía perdón por ocupar espacio.
La nueva Valeria quería ocupar todo el espacio posible.
Me bajé los pantalones. La tela de mezclilla rozó mis caderas al caer. Me quité el top rojo con un movimiento fluido.
El aire frío de la mañana golpeó mi piel desnuda. Mis pezones se endurecieron al instante, oscuros y prominentes c