El bosque no solo la recibió, la envió rápidamente, cubriendo sus pisadas, sus ruidos, su olor, sus deseos y sus miedos.Selene corrió sin rumbo durante los primeros minutos, con el corazón golpeándole las costillas y el aire rasgándole la garganta. Las ramas le arañaban la piel expuesta, las raíces intentaban hacerla tropezar, pero no se detuvo. No se permitió mirar atrás. No se permitió pensar. No se permitió sentir el dolor. No se permitió reconocer el cansancio que salio por sus huesos.Solo podía avanzar, su vida dependía de eso.Pero el dolor volvió pronto, como una marea inevitable, imposible de ignorar. Cada paso hacía protestar a su espalda, a sus costillas y a sus piernas temblorosas. La sangre, aún fresca en algunas heridas, se mezclaba con el sudor, el barro y los desechos del pozo.Cuando el cansancio la alcanzó, no fue de golpe. Fue traicionero, poco a poco, invadiendo su cuerpo hasta llevarlo al limite.Primero el mareo que la hubiera hecho vomitar si hubiera tenido alg
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