Capitulo 7: La huida

El bosque no solo la recibió, la envió rápidamente, cubriendo sus pisadas, sus ruidos, su olor, sus deseos y sus miedos.

Selene corrió sin rumbo durante los primeros minutos, con el corazón golpeándole las costillas y el aire rasgándole la garganta. Las ramas le arañaban la piel expuesta, las raíces intentaban hacerla tropezar, pero no se detuvo. No se permitió mirar atrás. No se permitió pensar. No se permitió sentir el dolor. No se permitió reconocer el cansancio que salio por sus huesos.

Solo podía avanzar, su vida dependía de eso.

Pero el dolor volvió pronto, como una marea inevitable, imposible de ignorar. Cada paso hacía protestar a su espalda, a sus costillas y a sus piernas temblorosas. La sangre, aún fresca en algunas heridas, se mezclaba con el sudor, el barro y los desechos del pozo.

Cuando el cansancio la alcanzó, no fue de golpe. Fue traicionero, poco a poco, invadiendo su cuerpo hasta llevarlo al limite.

Primero el mareo que la hubiera hecho vomitar si hubiera tenido algo en el estomago.

Luego la vista nublada, que la obligo a bajar el paso para no caerse.

Después, sus músculos sucumbiendo ante un temblor incontrolable producto del cansancio.

Cuando su cuerpo estaba por rendirse, Selene se apoyó contra un árbol, resbalandose hasta quedar sentada en el suelo húmedo. El mundo giró lentamente. Cerró los ojos, respirando con dificultad, esperando que el latido desbocado se calmara.

No ahora, pensó. Todavía no, aun estoy demasiado cerca, aun pueden encontrarme.

Algo tiró de su pecho.

No hacia atrás.

Hacia adentro.

El vínculo.

El nombre de Darian apareció en su mente sin que lo llamara. La sensación fue violenta, como una cuerda tensándose entre dos extremos. Selene se encogió sobre sí misma, jadeando.

—No… —murmuró—. No me busques.

No sabía si él la sentía. No sabía si estaba preocupado, furioso o indiferente, si se habia arrepentido y estaba dispuesto a rescatarla, o si queria acabar con todo con sus propias manos.

Pero el lazo estaba ahí. Doloroso. Persistente. 

No es él, llegó una sensación distinta, más profunda.

Selene apoyó la frente contra la corteza del árbol. El pulso plateado en su pecho respondió, débil pero constante, como un latido que no quería apagarse.

—Lo sé —susurró—. Pero no deja de ser doloroso.

Se obligó a levantarse pero, esta vez, avanzó más despacio, cuidando cada paso, deseando poner la maxima distancia posible con todo lo que la tormento estos ultimos años y, al borde de la inconciencia, cada metro, cada paso, cada centimetro, contaba . El bosque era denso, antiguo. Los sonidos y olores nuevos. Había algo distinto en ese lugar. Más salvaje. Menos controlado. Más libre.

Cayó la noche.

El frío llegó con rapidez, filtrándose por la ropa húmeda, calándose en los huesos. Selene se abrazó a sí misma, tratando de conservar algo de calor. No tenía fuego. No tenía comida. Apenas tenía fuerzas.

Aun así, siguió.

Durante horas. No era la primera vez que su cuerpo había tenido que funcionar sin alimento y no era la primera vez que había pasado frio.

Hasta que las piernas ya no le respondieron y se desplomó cerca de un claro pequeño, cubierto de hojas secas. El cielo apenas se veía entre las copas de los árboles. No había luna visible. Solo sombras superpuestas.

El hambre se hizo presente entonces. Un dolor hueco, persistente. Su estómago se contrajo con violencia, pero no había nada que llevarse a la boca.

Selene se encogió, protegiéndose con las hojas caídas y cerró los ojos.

El sueño llegó en fragmentos.

Despertó sobresaltada varias veces, convencida de oír pasos. En una de esas ocasiones, creyó sentir algo más: una presencia que no era amenaza, sino vigilancia, como si algo en el bosque la estuviera observando.

Al amanecer, el dolor era peor. Las heridas maltratadas durante la huida se habían endurecido, y cada movimiento era una negociación con su propio cuerpo pero sabia que podia quedarse tirada en el piso, asi que se obligó a ponerse de pie otra vez.

El segundo día fue peor que el primero.

La sed se volvió insoportable. Bebió de un arroyo sin saber si era seguro. El agua estaba helada, pero le devolvió un poco de claridad.

Fue entonces cuando lo notó.

No estaba sanando como debería.

Pero tampoco empeoraba.

Las heridas no supuraban. El dolor no se extendía. Su cuerpo resistía más de lo lógico para alguien en su estado.

¿Vos los estas haciendo? preguntó hacia adentro.

Un pulso suave respondió:

Selene tragó saliva.

—Entonces…  no estoy sola.

Siguió avanzando.

El tercer día llegó con fiebre.

Caminaba por inercia, guiada más por instinto que por pensamiento. Tropezó varias veces. Cayó. Se levantó. Volvió a caer y levantarse incontables veces, en un estado de semi inconciencia.

Hasta que lo noto, el bosque se veia diferente. Los árboles estaban marcados. Cortes profundos en la corteza. Rastros de sangre seca en el suelo. El aire olía distinto. Metálico.

Selene se detuvo, alarmada.

Acá hubo alguna batalla, pensó.

No pertenecían a su manada, los olores eran distintos y estaba muy lejos.

El miedo la atravesó con una lucidez brutal. Aquella zona no era solo salvaje. Era peligrosa. Intentó girar, retroceder, pero sus piernas no respondieron.

El mundo se volvió borroso.

La última cosa que sintió antes de caer fue una vibración en el aire. Un sonido bajo, grave.

Voces inentendibles, de hombres desconocidos.

Manos la rodearon.

Pero la oscuridad volvió a reclamarla antes de siquiera, poder pensar en pelear.

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