Selene despertó con la sensación de estar cayendo.
El cuerpo le dolía en lugares nuevos y viejos a la vez. No podía moverse. No del todo. Algo firme la sujetaba por los brazos y las piernas, manteniéndola estable, elevada del suelo.
El olor fue lo primero que reconoció.
Metal.
Cuero.
Sangre vieja.
Abrió los ojos con esfuerzo. No estaba sola.
Cuatro hombres lobos la rodeaban. No vestían como los miembros de una manada común. Llevaban armaduras oscuras, marcadas por golpes y cortes reparados a me