El salón principal estaba lleno de ruido, risas y olor a carne asada.
El inicio de la temporada de caza siempre era motivo de celebración. Mesas largas cubiertas de comida, jarras rebosantes y música que retumbaba en las paredes de piedra. Aquella noche no se celebraba a los débiles, sino a los futuros líderes.
Selene se movía entre los invitados con una bandeja en las manos, procurando no llamar la atención. Cada paso estaba calculado. Cada respiración, contenida.
No pertenecía a ese lugar.
—Cuidado —le susurró otro sirviente al cruzarse con ella—. Hoy están todos mirando.
Selene asintió sin responder.
Sabía a quiénes miraban.
Un grupo de jóvenes lobos ocupaba el centro del salón. Reían fuerte, seguros, rodeados de miradas admiradas. Eran los que ese año comenzarían a entrenarse para cargos importantes dentro de la manada.
Entre ellos estaba Darian.
Alto, de hombros anchos, sonrisa fácil. Caminaba como si el lugar le perteneciera. Las chicas lo observaban sin disimulo; algunas reían demasiado fuerte cuando él hablaba, otras fingían desinterés esperando que él las notara.
El hijo del alfa.
El futuro dueño de todo.
Selene evitó mirarlo. No porque no quisiera, sino porque había aprendido que mirar lo que no le pertenecía solo traía dolor.
Sirvió una jarra. Luego otra.
Y entonces ocurrió.
No fue un golpe.
No fue un sonido.
Fue una presión en el pecho.
Selene se quedó inmóvil.
El aire pareció espesarse, como si algo invisible se hubiera enredado alrededor de su corazón y tirara con fuerza. Un calor desconocido le recorrió la sangre, seguido de un pánico absoluto.
No. No, por favor.
Retrocedió un paso.
Darian se detuvo en seco.
Giró la cabeza lentamente, como si alguien lo hubiera llamado por su nombre sin usar palabras.
Sus ojos se encontraron.
El mundo se contrajo.
El ruido del salón se volvió lejano. Selene sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies. El instinto gritó una sola cosa:
Huye.
Giró sobre sí misma sin pensar, pero su cuerpo torpe no reaccionó a tiempo.
Chocó contra una mesa.
Las jarras cayeron. La comida se desparramó. Un mozo perdió el equilibrio y una bandeja metálica golpeó el suelo con estrépito.
Selene cayó de rodillas. El salón quedó en silencio. Decenas de miradas se clavaron en ella, Darian dio un paso al frente.
Selene levantó la vista solo un poco.
Lo suficiente para verlo.
Darian la observaba fijamente. Su expresión ya no era divertida ni confiada. Algo oscuro cruzó su mirada. Confusión. Duda.
Un solo segundo.
Fue real.
Selene lo sintió en lo más profundo de su pecho, como si algo hubiera intentado despertar.
Luego, su rostro cambió.
El desconcierto se transformó en desagrado. La duda, en rechazo. Sus labios se curvaron en una sonrisa cruel, como si hubiera entendido algo… y lo detestara.
—¿Ella? —dijo, sin alzar la voz, pero lo suficientemente claro para que todos oyeran—. ¿Estás bromeando?
Un murmullo recorrió el salón.
Las risas comenzaron, primero tímidas, luego abiertas.
—Es la sirvienta —susurró alguien.
—La que no puede transformarse. —La defectuosa.
Selene sintió que el aire no le alcanzaba.
El calor en su pecho se volvió dolor. Un tirón insoportable, como si alguien desgarrara algo invisible dentro de ella.
Darian dio otro paso al frente.
—Si esto es algún tipo de error… —dijo con frialdad— corríjanlo ahora.
Su voz no tembló.
Selene quiso levantarse. Quiso hablar. Pero sus piernas no respondieron.
El alfa se incorporó desde su asiento.
—El vínculo ha sido reconocido —anunció con voz grave.
Un silencio pesado cayó sobre el salón.
Darian apretó los dientes y la miró una última vez.