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Capitulo 5: El lugar donde aún existe esperanza

El dolor ya no estaba.

Eso fue lo primero que Selene notó.

La oscuridad que la envolvía no pesaba como antes. No apretaba el pecho ni quemaba la piel. Era densa, sí, pero tranquila… como una noche sin luna.

Flotaba.

No sentía su cuerpo. No sentía frío ni hambre ni los latidos desordenados del miedo. Solo una calma extraña, desconocida.

—¿Estoy… muerta?

Su voz no salió de su garganta. Simplemente existió.

La oscuridad se movió.

No se abrió como una puerta ni se disipó como niebla. Se replegó, como si algo respirara dentro de ella.

Entonces lo vio.

Un claro, un espacio circular cubierto de ceniza plateada. El cielo sobre ese lugar no era negro ni azul, sino de un gris suave, luminoso. No había estrellas. No había sol.

Y en el centro…

Una loba.

Era grande, pero estaba recostada sobre el suelo, el cuerpo tenso, una de sus patas delanteras doblada en un ángulo imposible. Su pelaje era blanco. No un blanco puro ni frágil, sino denso, antiguo, como la nieve bajo la luz nocturna. Sobre él se extendían marcas irregulares que reflejaban un brillo plateado, suaves destellos que parecían moverse al ritmo de una luna invisible.

Selene sintió un nudo en la garganta.

—Sos… vos.

La loba alzó la cabeza con esfuerzo.

Sus ojos eran claros. Demasiado claros.

No habló.

No necesitaba hacerlo.

Selene avanzó un paso. Luego otro. Cada movimiento era más fácil que el anterior, como si ese lugar la reconociera.

—Pensé que me habías abandonado —susurró—. Pensé que yo estaba rota.

La loba emitió un sonido bajo. No era un gruñido. No era un aullido.

Era dolor.

Selene cayó de rodillas frente a ella sin darse cuenta. Extendió una mano temblorosa, dudando, como si temiera que la imagen se deshiciera al tocarla.

Cuando sus dedos rozaron el pelaje, una oleada de calor la atravesó.

No quemaba.

Sanaba.

Vio fragmentos que no entendía del todo:

una batalla,

un destello plateado,

sangre en la nieve,

un grito que no fue humano.

Sintió miedo. Rabia. Determinación.

—No sabía cómo usarlo —dijo Selene, con la voz quebrada—. Te fallé.

La loba apoyó la cabeza contra su pecho.

El contacto fue suficiente.

Selene entendió.

No había sido abandono.

Había sido supervivencia.

El golpe que había recibido años atrás no solo había roto su memoria. Había herido el vínculo. Había obligado a su lobo a replegarse, a esconderse para no desaparecer del todo.

—Todavía estás viva —susurró Selene—. Y yo también.

La loba levantó el hocico hacia el cielo gris.

Un hilo de luz plateada descendió lentamente, posándose sobre ambas.

Selene sintió algo más entonces.

No poder.

Potencial.

Algo dormido en su sangre. Antiguo. Denso. Como si su cuerpo fuera un recipiente que todavía no sabía cómo sostener lo que llevaba dentro.

La loba la miró fijamente.

No sos débil, dijo sin palabras.

Estás incompleta.

Y eso puede cambiar.

Selene apoyó la frente contra la de ella.

—Tengo miedo.

La loba cerró los ojos.

Yo también.

El mundo comenzó a desvanecerse, pero no con brusquedad. Como si alguien apagara una luz con cuidado.

Antes de desaparecer por completo, Selene sintió un último latido cálido en el pecho.

Una promesa.

Cuando abrió los ojos, el dolor regresó.

Pero ya no tenia que cargarlo sola.

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