Mundo ficciónIniciar sesiónSelene despertó con un dolor sordo extendiéndose por toda la espalda.
No abrió los ojos de inmediato. Aprendió que hacerlo demasiado rápido solo hacía que el mundo girara y que el dolor se volviera insoportable. El suelo estaba frío. La piedra le mordía la piel a través de la ropa húmeda.
Intentó moverse pero un latigazo de dolor la obligó a gemir.
—Miren —dijo una voz cercana en tono burlon—. Ya despertó.
Selene apretó los labios para no emitir ningún sonido más. No quería darles ese placer.
Un cubo de agua helada cayó sobre su cabeza. El impacto la hizo jadear. El frío la atravesó hasta los huesos y la obligó a incorporarse a medias, temblando, con los brazos inútiles.
—De pie.
No lo consiguió.
Como consecuencia, el primer golpe llegó sin advertencia.
No fue fuerte, pero sí preciso. Un golpe seco en la espalda que le arrancó el aire de los pulmones. Selene se encorvó instintivamente, protegiéndose como pudo.
—Te dije que te levantes.
El segundo golpe fue más duro.
Selene gritó.
El sonido rebotó en las paredes de piedra de la pequeña sala de castigo, pero nadie acudió. Nadie lo haría.
No sabía cuánto tiempo pasó entre un golpe y otro. Perdió la cuenta cuando el dolor dejó de ser punzante y se volvió constante, como un fuego que no se apagaba.
Cuando volvió a despertar, estaba tirada de costado.
Su espalda ardía. Cada respiración era un esfuerzo consciente. Intentó mover los dedos y le costó reconocerlos como propios.
—Todavía vive —comentó alguien con aburrimiento.
Otro cubo de agua.
El frío la sacó del sopor de golpe.
—Otra vez —ordenó la misma voz. —Parece que le gusta la atencion.
Selene quiso suplicar. Las palabras se formaron en su mente, pero no llegaron a su boca. No porque no pudiera hablar, sino porque había aprendido que rogar no cambiaba nada.
El palo golpeó su costado.
Luego, su espalda.
No contaba los golpes. Contaba los segundos entre ellos. Ansiando alargar el momento exacto en que el dolor se volvía soportable… justo antes de que volviera a empeorar.
—Es increíble —dijo uno de los guardias—. Aguanta más de lo que parece.
—Sí, pero sigue siendo una buena para nada. Ni como juguete sexual la quieren.
Selene apretó los dientes hasta que le dolieron las mandíbulas.
No soy débil, pensó, sin saber a quién se lo decía.
Solamente estoy sola.
En algún momento, levantó la vista sin querer.
Y lo vio.
Darian estaba apoyado contra la pared, a unos pasos de distancia. Los brazos cruzados. El rostro serio, inexpresivo. No parecía disfrutarlo pero tampoco parecía querer detenerlo. No lo gozaba como los guardias pero tampoco lo repulsaba. Sus miradas se cruzaron.
Selene no buscó ayuda. No le quedaban fuerzas para eso. Solo quiso entender. Darian sostuvo la mirada un segundo… y luego desvió los ojos.
El golpe siguiente la hizo caer de costado.
—No la mires —dijo uno de los guardias con una risa baja—. Se cree importante.
La dejaron ahí, tirada, como basura.
No supo cuánto tiempo pasó hasta que volvió a despertar. El cuerpo le pesaba como si no le perteneciera. Cada músculo protestaba. Tenía la ropa pegada a la piel, empapada, fría.
El tercer castigo llegó al amanecer.
No hubo palabras. Solo agua. Golpes. Silencio.
Cuando todo terminó, Selene apenas respiraba. La arrastraron de regreso a la celda y la dejaron caer sobre el suelo.
—Si sobrevive —comentó alguien antes de cerrar—, será una lección suficiente.
El otro soltó una risa baja.
—Sí… una lástima.
—¿Lástima?
—Que ya no podamos divertirnos más con ella —respondió, encogiéndose de hombros—. Es entretenido escuchar los pequeños ruiditos que intenta contener porque sabe el placer que nos genera, como intenta parecer mas fuerte de lo que es mientras se derrumba en el piso como un trapo.
Hubo otra risa, áspera, sin humor.
—No te preocupes —dijo el primero mientras cerraba la puerta—. Si sigue viva, seguro aprendió. Y si no… podemos seguir jugando un poco más.
El cerrojo encajó con un sonido seco.
Selene quedó sola.
No lloró. No podía.
Cerró los ojos con dificultad y, por primera vez desde que tenía memoria, dejó de pensar en huir… dejó de pensar en el dolor… dejó de pensar en ellos.
Mi lobo, pensó débilmente. Si todavía estás ahí… ayudame
La oscuridad volvió a envolverla.
Pero esta vez, no estaba completamente vacía.







