Mundo ficciónIniciar sesiónSelene despertó con el cuerpo rígido y la mente extrañamente clara.
El dolor seguía ahí. Cada respiración le tironeaba la espalda, y el simple acto de abrir los ojos fue suficiente para recordarle dónde estaba. La celda era pequeña, húmeda, iluminada apenas por una rendija alta por la que entraba una línea pálida de luz.
No se movió de inmediato.
Escuchó.
Goteo.
Silencio.
El eco lejano de pasos que no se acercaban.
Estaba sola.
Cerró los ojos un momento más, y entonces lo sintió.
No fue una voz.
No fue un pensamiento propio.
Fue una presencia.
Débil, herida… pero real.
Estoy acá.
El reconocimiento la golpeó con más fuerza que cualquiera de los castigos.
No estás rota, recordó. Estás incompleta.
El recuerdo del sueño se mezcló con la realidad. El pelaje blanco, el brillo plateado, la sensación de calor en el pecho. Selene apoyó la mano contra su esternón, como si pudiera encontrar allí a su loba.
—No sé cómo ayudarte —susurró—. Pero no quiero perderte otra vez.
Un leve pulso respondió. Apenas perceptible, pero suficiente.
Intentó incorporarse.
El movimiento le arrancó un gemido ahogado. Su espalda protestó, los músculos rígidos, las heridas aún abiertas bajo la tela sucia. Se obligó a sentarse despacio, respirando entrecortado, hasta que el mareo cedió.
Miró sus manos.
Estaban delgadas. Llenas de marcas viejas y nuevas. Manos que habían trabajado, limpiado, servido… y recibido golpes sin defenderse.
Así no puedo seguir, pensó.
No era una súplica. Era un hecho.
La puerta se abrió de golpe.
Selene se tensó de inmediato, el cuerpo reaccionando antes que la mente.
Un guardia entró sin mirarla siquiera y dejó un cuenco en el suelo. Un líquido turbio que olía más a agua sucia que a comida.
—Comé —ordenó—. O no. No es asunto mío.
La puerta se cerró de nuevo.
Selene observó el cuenco durante un largo rato antes de arrastrarse hasta él. Bebió despacio. El estómago se le retorció, pero se obligó a tragar. Necesitaba fuerzas. Aunque no supiera todavía para qué.
Cuando terminó, se quedó sentada contra la pared, con las rodillas recogidas.
Fue entonces cuando la idea se formó por completo.
No como un impulso.
No como un acto de valentía.
Como la única opción lógica.
Si me quedo, muero.
No hoy.
No mañana.
Pero lentamente.
Moriría de golpes.
De humillaciones.
De olvido.
Y su loba desaparecería con ella.
La imagen de Darian cruzó su mente sin que pudiera evitarlo. Su mirada apartándose. Su silencio. Su presencia inmóvil mientras la castigaban.
Algo se apretó en su pecho.
No odio.
Desilusión.
Comprendió, con una claridad que le dolió más que los golpes, que nadie allí iba a salvarla.
Ni él.
Ni el alfa.
Ni la manada.
La salvación no iba a venir desde afuera.
Tenía que irse.
El pensamiento le provocó miedo. Un miedo profundo, paralizante. El bosque era peligroso. Más allá de los límites del territorio había bestias, rebeldes, hambre, frío.
Pero aun así…
Selene cerró los ojos.
Prefiero morir corriendo que pudriéndome acá.
El pulso en su pecho se intensificó.
Aprobación.
Pasaron horas antes de que la puerta volviera a abrirse.
El chirrido del metal la hizo estremecerse incluso antes de verlos. Dos guardias entraron, cubriéndose la nariz con gesto de asco.
—Le toca el pozo —dijo uno.
El otro soltó una risa corta.
—Nadie más quiere hacerlo.
Selene tardó un segundo en entender.
El pozo de desechos.
El lugar donde se arrojaban restos de animales, sangre coagulada, vísceras en descomposición. El olor era tan fuerte que incluso los lobos evitaban acercarse. Un sitio destinado a lo que no valía la pena tocar.
La sacaron de la celda sin darle tiempo a responder. Sus piernas flaqueaban, pero no se molestaron en ayudarla cuando tropezó. La empujaron hasta que quedó de rodillas frente al borde del pozo.
El hedor le provocó arcadas inmediatas.
—Limpialo —ordenaron—. Todo lo que puedas.
Le arrojaron un balde viejo y una pala oxidada.
—Si te caés, mejor para todos —agregó uno, divertido.
La dejaron sola.
Selene respiró por la boca, luchando contra las náuseas, y comenzó a trabajar. Cada movimiento le revolvía el estómago. El dolor en la espalda se intensificaba con cada esfuerzo, pero siguió.
No porque quisiera cumplir.
Sino porque observaba.
El pozo estaba cerca del límite exterior. Más cerca de lo que cualquier otra tarea le habría permitido.
El ruido, el olor, el desinterés general hacían que nadie vigilara de cerca.
Esto es, pensó.
Horas después, cuando el sol comenzó a caer y el cansancio la hacía temblar, dejó caer la pala.
Miró a su alrededor.
Nadie la observaba.
Se quitó el delantal empapado y lo dejó caer al borde del pozo. Luego caminó, despacio al principio, fingiendo agotamiento.
Cuando cruzó la última construcción y el aire cambió, ya no fingió.
Solamente, corrió.







