Mundo ficciónIniciar sesión
El agua estaba helada cuando Selene hundió las manos en el arroyo.
El frío le mordió la piel, pero no se permitió retirarlas. El dolor era familiar. Preferible al recuerdo borroso que siempre amenazaba con volver cuando cerraba los ojos.
—Más rápido —gruñó una voz detrás de ella—. ¿O también te cuesta lavar?
Selene apretó los dientes y siguió restregando la tela contra la piedra, ignorando al grupo de chicos que había aprovechado encontrarla en su camino para reírse de ella un rato. La camisa estaba manchada de sangre seca y sudor. No preguntó de quién era. Nunca lo hacía. Sabía que hacer preguntas solo le traería más problemas.
La risa de uno de los jóvenes lobos resonó a su espalda.
—¿De verdad creen que pueda tener un compañero algún día? —dijo—. Es una inútil. Ni siquiera puede lavar bien una camisa. Sería una maldición estar atado a algo tan desagradable.
Las palabras ardieron más que el agua helada, pero Selene no podía decir nada. Ni siquiera podía permitirse mostrar su dolor.
Mantuvo la cabeza baja. Siempre lo hacía. Había aprendido que levantar la mirada, responder o siquiera tensar los hombros era suficiente para provocar un castigo. Allí, para ella, la sumisión era la única forma de sobrevivir.
Sus mechones blancos cayeron sobre su rostro, mezclándose con su cabello oscuro y sucio. No eran muchos, pero destacaban demasiado. Siempre lo hacían.
—Su cuerpo está defectuoso —continuó otro, señalando su pelo—. ¿Qué tan débil tiene que ser alguien para que ni siquiera su cabello sea normal?
Las risas se multiplicaron.
Selene cerró los ojos.
No recordaba a su familia.
No recordaba su manada. No recordaba su infancia. No recordaba quién era. No recordaba cómo había llegado allí.Solo recordaba el dolor…
y la sensación constante de que algo dentro de ella estaba roto.Mi lobo, pensó, como siempre.
¿Todavía estás ahí? ¿O vos también me abandonaste?El silencio respondió.
No había aullidos en su mente.
No había fuerza. No había calor. No había nada.Solo un vacío que la hacía sentir incompleta… menos que los demás.
—¡Selene!
La voz del alfa atravesó el aire como un látigo.
Ella se puso de pie de inmediato, con las manos entumecidas y la espalda rígida, e inclinó la cabeza sin levantar la vista.
—Aquí, señor.
El alfa la observó con desprecio. Sus ojos recorrieron su figura delgada, las cicatrices mal curadas, la postura encorvada de alguien que había aprendido a hacerse pequeña.
—Hoy entrenan los jóvenes —dijo—. Tú limpiarás el patio y luego servirás en el salón durante el banquete. No quiero verte estorbando.
—Sí, señor —respondió ella en un susurro.
Mientras se alejaba, Selene no vio las miradas que se cruzaban detrás de su espalda.
—Hoy cumple dieciocho.
—¿En serio? —Sí. Esta noche, durante el banquete, se sabrá si alguien la reclama… o si se confirma lo obvio y ni siquiera es digna de una pareja.Selene sintió un escalofrío recorrerle la piel.
No sabía por qué.
Pero algo en su pecho —una presión desconocida, casi dolorosa— le advirtió que aquella noche cambiaría su vida.
Y que, pasara lo que pasara…
no sería para bien.






