El viento cortaba como cuchillas en el vacío de la Tierra de Nadie.
Cinco soldados avanzaban hacia el interior de la cueva y, allí, encontraron los cuerpos destrozados de los renegados y sangre, mucha sangre. Siguieron el rastro dejado por el olor de la sangre de la omega que había sido abandonada a pocos metros de allí a su propia suerte.
—Aquí fue donde dijeron que encontraron sus huellas por última vez —dijo uno de los soldados, agachándose junto a lo que quedaba de un cadáver parcialmente d