Unos minutos antes
Kael caminaba de un lado a otro por el gran salón de la mansión, los pasos pesados resonando sobre el mármol. Su rostro pálido estaba surcado de venas azuladas, la piel casi gris y los ojos enrojecidos por la furia. Había muy pocos guerreros… apenas un puñado de hombres que se encogían bajo el peso de su propia respiración.
—¡Cobardes! —gruñó, escupiendo saliva—. ¡No son nada! ¡Nada! ¿Creen que pueden abandonarme ahora? ¿Van a dejarme luchar solo y esconderse como ratas asque