El gran día había llegado.
Todo olía a flores frescas, a ilusión y a promesa, en el salón donde Ana se preparaba.
Frente al espejo, Ana observaba su reflejo sin poder creer lo que veía. El vestido que llevaba puesto era un sueño hecho realidad: blanco, de encaje delicado, con mangas transparentes que se ajustaban suavemente a sus brazos. La falda caía en ondas sutiles, ligeras, que se extendían hasta el suelo como espuma de mar. En su cabello, un peinado recogido con mechones sueltos enmarcaba