Los días pasaron con calma, o al menos con la calma que Ana intentaba mantener.
El médico había sido claro: debía guardar reposo absoluto, nada de sobresaltos ni estrés.
Leonardo, sin dudarlo, decidió trabajar desde casa para cuidarla. Había trasladado documentos, equipos y reuniones a su estudio, pero lo hacía sin quejarse; bastaba con ver a Ana sonreír para que todo valiera la pena.
Aquella tarde, Ana estaba recostada en la cama, con las piernas cubiertas por una manta ligera. Tenía el cel