La mañana siguiente amaneció gris, como si el cielo supiera que algo se había quebrado.
Ana despertó con el pecho apretado, el sueño ligero y la mirada perdida.
Leonardo dormía aún, con el rostro sereno, ajeno al torbellino que la consumía por dentro.
Se levantó despacio para no despertarlo. Caminó hasta la ventana y apartó un poco las cortinas. Las luces de la ciudad se apagaban lentamente, dando paso a un nuevo día… uno que ella no estaba segura de querer enfrentar.
Intentó hacer lo que siemp