El día transcurría con una calma extraña. El hospital ya no parecía un campo de batalla, sino un refugio donde la vida se abría paso lentamente. Ana se sentía cansada, pero tranquila. Cada tanto miraba por la ventana y veía la ciudad moverse, indiferente al caos que había pasado días atrás.
Leonardo había salido temprano a resolver asuntos de la empresa, aunque antes de irse la había besado suavemente en la frente y prometido regresar antes del anochecer. Ana aún podía sentir la calidez de ese