Esa misma noche. El reloj digital del dormitorio marcaba las dos con diecisiete cuando Ana abrió los ojos de golpe.
El silencio era tan denso que podía escuchar su propia respiración. Algo, no sabía qué, la había despertado.
Se incorporó despacio. La tenue luz del poste de la calle se colaba por las cortinas.
“Tranquila”, se dijo. “No pasa nada.”
Pero el corazón le latía rápido. Se quedó escuchando, tratando de distinguir entre los ruidos normales del edificio y eso otro… ese leve crujido que p