El sonido del teléfono rompió el silencio de la mañana. Ana, aún con la toalla enredada en el cabello, lo tomó con algo de pereza. Eran apenas las seis y treinta.
—¿Hola? —dijo con voz somnolienta.
—Buenos días, señorita Ramírez. Habla el doctor Herrera, su abogado —respondió la voz al otro lado, formal pero amable—. Quería informarle que el proceso de divorcio finalmente concluyó. El acta fue emitida ayer.
Ana se quedó en silencio unos segundos, intentando procesarlo.
—¿Ya… está listo? —pregun